Siempre habrá un motivo para putear

Los sábados en casa eran días de compras. Cómo mis viejos trabajaban 8 horas de lunes a viernes en relación de dependencia, la semana no dejaba demasiado tiempo libre para ningún acontecimiento extra que no fuera alguna visita al médico.

La rutina del fin de semana comenzaba muy temprano. Mamá se levantaba solo un poquito más tarde que cuando tenía que trabajar y se iba a la peluquería de mitad de cuadra, donde Rodolfo Coiffeur la esperaba para ponerle los ruleros y dejarla impecable. En este momento, me parece increíble pensar que todas las semanas visitaba al peluquero, me muero si yo tuviera que hacer eso hoy. Pero lo más increíble fue descubrir que el pelo solo se lo lavaba una vez por semana. ¿Será que el shampoo era mejor en esos tiempos, que los niveles hormonales que manejaba hacían que su pelo no secretara ninguna sustancia grasosa, o yo estoy inmersa en la trampa de tener que lavarse el pelo todos los días para tener un verdadero pelazo, como la Kloosterboer?

Con el peinado impecable, volvía a casa, agarraba unas bolsas y se iba a comprar la picada que religiosamente comíamos todos los domingos al mediodía. Papas fritas, palitos, manies. Esa era mi parte favorita del sábado porque allí me compraba un paquete de galletitas Melba. ¡Esas eran galletitas! Porque las Melba de esa época todavía estaban inmunes a los ingredientes milagrosos, esos que engañan a tu cerebro y transforman un conjunto de ingredientes con nombres inentendibles en algo simil chocolate, simil galletita. Las originales venían en un paquete de 6, con el diámetro aproximado al de un alfajor Guaymallén y de color casi negro con un gusto a chocolate impresionante que al ser comidas te elevaban al cielo. Las Melba de ahora son un estafa al paladar.

Al mismo tiempo, mi padre que ya se había bañado, salía a buscar el auto al garaje que quedaba a unos 5 cuadras de casa pero al lado del negocio donde estábamos comprando los snacks, así que cuando terminábamos de comprar los ingredientes de la picada, mi padre bajaba el auto del primer piso del estacionamiento y con una sincronización Suiza partíamos todos hacia el supermercado. Luego de llenar un carrito grande, subíamos de nuevo todos al auto para dirigirnos a la verdulería, que supongo alguien le habría recomendado por precio y calidad. Una vez allí, mi mamá se encargaba de la compra y mi papá y nosotros, mientras tanto, nos sentábamos en la barra de un local lindero a la verdu, donde nos pedíamos una exquisita empanada que preparaban con lo mejor del estilo salteño. Mi papá lo acompañaba con un vaso de vino y nosotros compartíamos una gaseosa.

A esa altura ya era mediodía así que si no había alguna cosa extra como perfumería o farmacia, volvíamos a casa.

Esa rotation se repitió durante toda mi infancia. Era una rutina exacta, milimétricamente planificada. Por supuesto, que cada vez que por alguna razón, alguna variable hacía que algo, aunque sea mínimo se modificara, había que escuchar a mi padre despotricar y era ahí, donde las Melba en mi estómago me hacían acordar que no todo en la vida era tan increíble.

Cualquiera puede entender que la vida no funciona como una planilla de cálculos. Que todo está en constante movimiento, que hay que ser flexible y adaptarse a las circunstancias que se presentan. Todo eso es comprensible para casi toda la humanidad, salvo para mi padre, que se ponía loco ante cualquier eventualidad. Como para explicarlo bien: para cualquiera de nosotros si el lugar del supermercado donde estacionamos está ocupado, se va a otro. En realidad, cualquiera entra y deja el auto donde hay lugar, ni siquiera se cree propietario de alguno. Bueno, mi padre, además de ir todos los sábados al mismo supermercado, hacer el mismo recorrido por las góndolas, y comprar casi exactamente lo mismo semana tras semana, dejaba el auto en el mismo lugar y si estaba ocupado, se descompensaba. Era más fuerte que él, no lo podía manejar.

Esos vericuetos de su psiquis lo llevaban a protagonizar algunos otros curiosos desplantes.

Algunos sábados, sábados excepcionales, la rutina comenzaba más temprano. Para lograrlo, mi padre tenía que ser avisado con una semana de anticipación para que se fuera preparando al cambio de planes. Uno de esos sábados, me tocó en suerte la compra de unos zapatos nuevos. Comprarse zapatos, algún vestido, o una remera eran eventos muy esperados en el año. Eran pocos, pero de los más deseados. Para ello, necesitábamos la presencia de mi padre, porque él era el titular y único poseedor en el hogar de una tarjeta de crédito Diners. El pronunciaba Daineeeeerssss, haciéndo énfasis en la e y en la s, como si esa fuerza la hiciera más importante.  El plan consistía en ir hasta Finochietto, la zapatería donde pertenecían todos nuestros calzados, en el auto. Podíamos ir caminando todos juntos porque quedaba a unas 8 cuadras de casa, pero supongo que, para hacer más rápido, íbamos en auto, pagando un costo emocional altísimo.

La escena era la siguiente: Mi padre le daba su Diners a mi mamá y nos bajábamos en la zapatería. Mi padre desde adentro del auto nos decía:

– No se queden boludeando que no se si voy a encontrar lugar para estacionar. Hagan rápido.

Ahí nomás, ya empezaba la ansiedad. Ojalá no haya mucha gente en el local, así nos atienden primero, pensaba yo. Obviamente que un sábado a la mañana, día de compras por excelencia, el local estaba concurrido. Así que ya empezábamos con el pie izquierdo. Para ganar tiempo, íbamos viendo modelos para que, al ser atendidas, pedir directamente el número que me correspondía. De vez en cuando veíamos al Peugeot 504 pasar por la puerta del local, como si fuera la sortija de la calesita. Si hubiésemos estado atentas y contando las vueltas, ya debía ir por la vuelta número 5 y todavía faltaban unas 5 más para que nos atendieran.

Si mi papá tenía suerte, después de varias vueltas conseguiría un lugar para estacionar el auto y se apersonaría al local a firmar, pero con la mala onda que portaba, la suerte se alejaba automáticamente, así que el plan B era que si no encontraba donde estacionar, mi madre haría toda la transacción con la tarjeta de mi padre y con el cupón de la tarjeta esperaría en la puerta para que el lo firmara dentro del auto estacionando por unos segundos en doble fila.

Por supuesto, que la compra tomó su tiempo. Una vez que te tocaba tener la fortuna de poder elegir algo nuevo, había que disfrutarlo al máximo. Aunque ya había decidido el modelo, tuve que probar un número más del que venía usando, porque todos crecemos. Entre pitos y flautas, el tiempo pasó.

Mi papá tuvo que aplicar el Plan B así que mi mamá salió a esperarlo para que parara un minuto en doble fila y firmara el cupón y así finalizar la compra.

Ya con las sandalias en la bolsa y alegría en mi corazón, salimos para subirnos al auto. Mi alegría duraba muy poco, porque al subirnos al Peugeot mi padre comenzaba con su catarata de quejas.

-¿Tanto tienen que tardar? ¿Pero qué hicieron ahí adentro? No puedo estar todo el día dando vueltas. Y luego amenazaba con que nunca más iba a venir a lo que le sumaba todo tipo de improperios.

Esa situación se replicaba cada vez que tocaba comprar algo para nosotros y que decidían pagar con tarjeta de crédito, que era siempre. Para mi, y siendo chica, era común vivir todos esos momentos. Quizás era el costo que tenía que pagar por recibir un par de zapatos que necesitaba.

A todo esto, las finanzas de mis padres eran compartidas. Los dos sueldos se juntaban y con eso se pagaba todo y si sobraba se ahorraba, pero la cuenta era común.

Así que cuando fui creciendo, me pude dar cuenta de los manejos locos en que estábamos inmersos. Esa situación era muy fácil de evitar. En dos segundos cualquiera podía encontrar la solución para dejar de pasar por esos momentos de sufrimiento. No era muy complicado, había miles de posibilidades de modificarla.

Una era pagar en efectivo, otra era que mi madre sea titular de una tarjeta y si esto no era posible, todo se solucionaba dándole una extensión de la suya. Con cualquiera de estas situaciones, mi padre quedaba desafectado de la obligación de estar presente en las compras y de sufrir como un condenado.

Pero claro, eso hubiese sido ceder el poder y de paso cañazo comenzar a vivir una vida de mayor felicidad y armonía pero, antes de que eso sucediera, él elegía por lejos, morir dando vueltas en el auto a las puteadas.

En poquísimas pero necesarias ocasiones en donde las cosas se vuelven insosteniblemente absurdas, el universo, sin que nadie haya apelado a métodos de conexión en búsqueda de su ayuda, te agarra de los hombros y te zamarrea para despertarte.

Fue justamente en una de esas ocasiones, que como cosa de mandinga, mi mamá comenzó a trabajar en una tarjeta de crédito medio pelo, por no decir un cuarto de pelo. Dentro de los beneficios, obtuvo la titularidad de un plástico. Listo, ya está, por arte de magia mi madre tenía la solución en sus manos. 

A partir de ese momento, los sábados se parecieron más a la idea de sábados arraigada en el inconsciente colectivo, aunque mi padre siguió encontrando motivos para hacer que las cosas se enrosquen, se compliquen, den vueltas ilógicas para tener la posibilidad de seguir puteando, a veces encima de su auto y otras de a pie.